¿Crees en los ángeles guardianes?
Observaba mis pies. No sentía que estaba pisando el césped.
Fruncí el ceño y alcé la vista. Muchos chicos y chicas caminaban a su destino con las mochilas colgadas en sus hombros.
¿Por qué yo no traía mi mochila?
Fruncí aún más el entrecejo y tomé mi cabello para acomodarlo a un lado.
Se sentía más sedoso que de costumbre…
Y como si el aire me traspasara, literalmente, me sentí descubierta. Miré hacia abajo, y luego al frente, observando como un chico acababa de pasar como si nada por mi cuerpo.
Me había pisoteado… No. Me había atravesado como si no estuviera parada aquí mismo.
Hice una mueca y negué con la cabeza.
– ¡Hey, tú! –grité comenzando a mover mis pies para alcanzar a aquel chico. Intenté tomar su mochila… Pero mi mano la traspasó.
Me detuve en seco y observé mis manos. Entre las uñas tenía tierra. Las palmas de mis manos estaban negras. Y de pronto, estaban limpias.
Tragué saliva y dirigí la mirada hacia mi blusa. Estaba salpicada de una especie de manchas color rojo. Y de pronto nada. Mi blusa de nuevo era blanca.
¿Por qué traía la misma ropa del viernes?
Sophia. Sophia me ayudaría. Ella lo haría. Sí.
Miré a mí alrededor, y con torpeza ordené a mis pies caminar.
Crucé las puertas y corrí por los pasillos. La gente chocaba conmigo… Y no pasaba nada. No dolía. No me empujaban. No lo sentía. No sentía absolutamente nada.
La localicé en su casillero. La puerta cubría la mitad de su cuerpo por el otro lado. Me apresuré a llegar hasta ella, sintiendo como mi cuerpo se desvanecía con el pasar de las personas.
–Soph –hablé–, escúchame, algo extraño me está sucediendo…
Y en eso ella cerró su casillero con unos cuantos libros en sus manos.
Su expresión era tan demacrada como nunca la había visto. Tenía los ojos hinchados y rojos. Unas enormes bolsas negras por debajo de ellos, y los labios resecos.
– ¿Sophia? –fruncí el ceño por tercera vez y estiré mi mano para tocar su brazo. Este lo atravesó–. ¿Puedes verme? Estoy aquí…
Mi amiga relamió sus labios y me atravesó caminando a paso rápido.
Abrí la boca y la cerré tan rápidamente que sentí mis dientes chocar con fuerza. Giré sobre mí, y la observé irse.
– ¡Estoy aquí! –grité alzando los brazos.
Otra fuera mi situación, y todo el pasillo estuviera mirándome como si estuviese loca. Pero nadie me notaba.
Caminé con rapidez y me acerqué a la primera persona que tuve enfrente. Nada.
Pasaban de mí.
Era como si no estuviera.
Era como si fuese invisible.
Nadie me tomaba en cuenta.
¿Nadie sentía mi presencia?
–Matt –murmuré mirándolo, corrí hacia él y me coloqué enfrente suyo–, ¡Mírame! ¡Estoy aquí! –traté de tomar el cuello de su camisa, pero mis manos salieron por su espalda. Las retiré rápidamente y retrocedí unos cuantos pasos.
Matt tenía la misma expresión demacrada que mi amiga.
–Estoy aquí… Solo… Solo abre bien los ojos –hablé.
–Se podría decir que no estás aquí –habló una voz a mis espaldas.
Giré, encontrándome con un chico de cabello oscuro y ojos del mismo color.
–En realidad, tú ahorita estás en donde deben estar todos los cuerpos –se encogió de hombros–. Ayer te sepultaron.
Solté una gran carcajada irónica.
–Si estuvieras viva, esa carcajada hubiera asustado a todos aquí –alzó las cejas. Estaba recargado en uno de los casilleros con los brazos cruzados.
¿Viva?
– ¿No estoy viva? –pregunté en un susurro. El me miró, soltó un suspiro y frunció los labios mientras meneaba la cabeza de un lado a otro.
–Falleciste el viernes pasado –hizo una mueca–. Te estamos esperando desde el domingo, y no te dignas a subir.
–No estoy muerta –negué histéricamente–. Estoy aquí… Vine a la escuela. Es mi último año –retrocedí dos pasos–. Se me hace tarde para mi siguiente clase.
–Alto, alto –murmuró cuando me vio comenzar a caminar–. ¿A dónde crees que vas?
–Me toca biología. Y mi profesor no tolera la impuntualidad –di vuelta por un pasillo.
– ¿En verdad vas a hacer esto? –cuestionó incrédulo–. ¡Tú ya no estudias aquí!
– ¡Sí lo hago! –grité deteniéndome a mirarlo. El se detuvo y colocó las palmas de sus manos al frente.
– ¿No te preguntas por qué soy el único que puede verte?
Y sí. Sí tenía esa duda.
Pero tenía miedo de conocer la respuesta.
Ignorándolo, pero sintiendo sus pasos detrás de mí, me dirigí a mi salón.
Llegué a la puerta y tomé la perilla para abrirla.
Mi manó la pasó.
Tragué saliva y di un paso al frente, introduciéndome al salón con rapidez.
–Es una desgracia enorme que la señorita Alira no vaya a estar con nosotros este último año. Los hechos ocurridos este fin de semana pasado han sido desbastadores tanto como para algunos de nosotros, como para su familia…
Una silla se arrastró, y a continuación, Sophia me cruzó, abrió la puerta y salió del salón dejándola abierta de par en par.
Tomé aire y miré al chico de cabello oscuro.
Ahora me preguntaba si en verdad seguía respirando.
– ¿Ahora me crees? –cuestionó con cansancio mientras arqueaba una de sus cejas.
Tragué en seco y observé a todo mi salón. Quiénes habían comenzado la clase y escribían en su cuaderno.
– ¿Tú también estás muerto, verdad?
El sonrió, mostrándome sus dientes.
–Y con mucho orgullo –respondió.
Fruncí el ceño y negué con la cabeza.
–No puedo estar muerta…
– ¿Qué tengo que hacer para que lo creas? –puso los ojos en blanco y dejó caer sus brazos con cansancio.
Sin decir nada, crucé la puerta y emprendí mi camino hacia fuera de las instalaciones del edificio.
Tenía que ir a mi casa. Tenía que ver a mis padres.
Verlos, pues tal vez ellos no me verían a mí.
Por más extraño que me pareciera, escuchaba sus pasos detrás de mí, caminando por la acera.
¿Nos escucharían? ¿Serían capas de escucharnos aún así no nos pudieran ver?
Fruncí nuevamente el ceño y me crucé de brazos mientras seguía caminando con la mirada puesta en mis pies.
Aquella casa color verde olivo con un gran manzano en el jardín, apareció frente a mis ojos.
Inhalé.
Pero no sentí el aire llegar mis pulmones.
Mordí mi labio inferior, y con todo el valor del mundo, mis pies comenzaron a avanzar hasta llegar a la puerta, tomándome la libertad de atravesarla como si tantas veces lo hubiera hecho.
–Veo que comienzas a entender esto –susurró su voz a mis espaldas, haciéndome, inconscientemente, sonreír.
Mi casa estaba tan silenciosa. Y eso no era usual.
Caminé hasta la cocina, para encontrar exactamente lo que no quería.
Mi padre abrazando a mi madre mientras esta sollozaba casi en silencio.
Abrí la boca, pero inmediatamente recordé que sería en vano hablar. Retrocedí dos pasos y mi espalda chocó contra algo.
– ¡Cuidado, Alira! –gritó el chico–. Me pisas.
Y sin disculparme, me dirigí lo más rápido que pude hasta las escaleras, subiéndolas de dos en dos hasta llegar al pasillo que dividía las habitaciones.
Observé mi puerta al final del pasillo, pero la habitación de mi hermano mayor llamó mi atención, atrayendo mi cuerpo hacia su puerta, haciéndome asomar entre ella. Y eso era tonto.
Charlie estaba sentado al borde su cama, dándome la espalda.
Atravesé la puerta y me puse a su lado.
Una camisa negra y unos jeans cubrían su cuerpo.
No sintió cuando me senté a su lado y pasé un brazo por encima de sus hombros.
–Lo interesante es que, siento como si estuvieras a mi lado –susurró mi hermano sonriendo de lado mientras veía las manos sobre su regazo.
Y así se puso de pie, saliendo de ahí. Dejando caer mí brazo. Dejándome con las ganas de abrazarlo y decirle que sí, que estaba a su lado. Que no me quería ir.
Fruncí el ceño y me puse de pie, saliendo de la habitación, ignorando al chico fantasma que tenía pisándome los talones.
Salí al pasillo, y con prisa, atravesé la puerta de mi habitación.
Una oleada de miedo cubrió mi cuerpo.
Mi habitación se sentía vacía, se sentía diferente y todo estaba exactamente como yo lo había dejado. Las paredes blancas, ya no me deslumbraban con aquella luz como acostumbraban. Ni aunque por la ventana entrara la luz del sol.
¿Desde cuándo todo se había vuelto tan opaco?
Caminé a zancadas y corrí las cortinas para que la luz no entrara más.
Pero todo parecía igual.
En realidad ya no había luz.
Y extrañamente, esto no me hacía sentir más viva.
Porque no lo estaba.
Tragué saliva y observé una vez más todo mí alrededor al mismo tiempo que me resbalaba contra la pared directo al piso, juntando mis rodillas al pecho y dejando las palmas de mis manos contra el frío suelo.
– ¿Vamos a estar mucho aquí? –cuestionó su voz con notable fastidio.
Tenía ganas de golpearlo. Pero tenía miedo de que mi puño lo atravesara, como a todo lo demás.
Alcé la vista y lo observé sentado al borde de mi cama con los codos apoyados sobre sus rodillas.
Fruncí el ceño con confusión y abrí la boca:
– ¿Cómo es que estás sentado? –cuestioné confundida–, ¿cómo…?
–Todo eso, nosotros lo podemos controlar –respondió, encogiéndose de hombros–. Con el tiempo todo será normal para ti.
–No quiero que lo sea –murmuré, ocultando mi rostro en mis rodillas.
Cerré los ojos con fuerza y los abrí de nuevo.
Aún estaba en la misma posición.
Solté una pequeña risita.
Como desearía que todo esto fuera un sueño…
–No siempre podrás estar aquí. Este mundo ya no es para ti –habló. Levanté la cabeza y fruncí el ceño.
–Y a todo esto, ¿cuál es tu nombre? –alcé una de mis cejas. Él, imitó mi gesto y sonrió.
–Ethan –respondió, simple.
–Bueno, Ethan, me supongo que tú sabes cómo morí… ¿No es así? –relajé mis piernas, y las extendí frente a mí.
Observé sus facciones. Podría casi jurar que su rostro se endureció, y parecía tan molesto, que daba miedo.
–Eso no me corresponde decírtelo –negó lentamente–, si vienes conmigo, juro que tendrás respuestas a todo.
–Las respuestas las quiero aquí, y ahora –dije firme.
Ethan cerró los ojos con frustración y echó la cabeza hacia atrás.
–Alira, Alira… ¿Podrías ser un poco menos terca?
–No lo creo.
Y rió.
Esa melodía hizo que mi cabeza dejara de palpitar.
–Tal vez pueda responder algunas de tus dudas, pero no todas –hizo una mueca.
–Perfecto –me crucé de brazos.
–Creo que me estoy arrepintiendo de haberte dicho eso.
–Lástima –sonreí mostrando mis dientes–. ¿Y si no quiero ir contigo?
El sonrió. Un hoyuelo se marcó en su mejilla izquierda.
–Tarde o temprano tendrás que irte de aquí. Este es el mundo de los vivos, nosotros no cabemos aquí.
– ¿Por qué no te vas sin mi?
–No puedo.
– ¿Por qué no puedes?
–Porque tengo que ver contigo –dijo entre dientes, mirando por la ventana.
Fruncí el ceño.
– ¿Quién te mando por mi?
–El señor.
Entrecerré los ojos.
– ¿No pudo haberme mandado a un fantasma más comprensivo?
– ¡Hey! Yo soy comprensivo –dijo indignado, juntando sus oscuras cejas.
– ¡Eres el peor fantasma que he conocido! –grité.
– ¡Soy el único que has visto! Y para tu información, no soy cualquier fantasma.
– ¿Qué? ¿Tienes poderes o algo por el estilo? –alcé mis cejas.
Si no fuera un fantasma, podría casi jurar que estaba rojo de la furia.
–Me rindo. Quédate aquí, si eso es lo que quieres –se puso de pie y me miró por unos segundos más–. No entiendo cómo te cuidé por tantos años. Eres insoportable.
Entrecerré los ojos y observé como caminaba lentamente y suave hasta la puerta.
–No –pronuncié y me puse de pie, con tanta agilidad que me sorprendí de mí misma.
Ethan se detuvo y se giró, mirándome con cansancio.
– ¿Por qué tú? ¿Por qué exactamente tú, has venido por mí?
Hubo un silencio, en lo que él solo me observaba con seriedad.
–Porque por mi culpa estás muerta, no te cuidé bien –susurró. Veía el dolor en su mirada.
Mi estómago se revolvió. No sabía que decir.
– ¿Crees en los ángeles guardianes? –cuestionó, bajando la mirada hasta sus pies.
Me ahogué con mi propia saliva, tosiendo escandalosamente. Cuando me tranquilicé, hablé, con una mano en el pecho.
– ¿Me estás diciendo que eres un ángel guardián?
Ethan sonrió, se acercó a mí, y delineó mi ceja izquierda hasta bajar por mi mejilla con su dedo índice.
–Que soy el tuyo.
Fruncí el ceño y alcé la vista. Muchos chicos y chicas caminaban a su destino con las mochilas colgadas en sus hombros.
¿Por qué yo no traía mi mochila?
Fruncí aún más el entrecejo y tomé mi cabello para acomodarlo a un lado.
Se sentía más sedoso que de costumbre…
Y como si el aire me traspasara, literalmente, me sentí descubierta. Miré hacia abajo, y luego al frente, observando como un chico acababa de pasar como si nada por mi cuerpo.
Me había pisoteado… No. Me había atravesado como si no estuviera parada aquí mismo.
Hice una mueca y negué con la cabeza.
– ¡Hey, tú! –grité comenzando a mover mis pies para alcanzar a aquel chico. Intenté tomar su mochila… Pero mi mano la traspasó.
Me detuve en seco y observé mis manos. Entre las uñas tenía tierra. Las palmas de mis manos estaban negras. Y de pronto, estaban limpias.
Tragué saliva y dirigí la mirada hacia mi blusa. Estaba salpicada de una especie de manchas color rojo. Y de pronto nada. Mi blusa de nuevo era blanca.
¿Por qué traía la misma ropa del viernes?
Sophia. Sophia me ayudaría. Ella lo haría. Sí.
Miré a mí alrededor, y con torpeza ordené a mis pies caminar.
Crucé las puertas y corrí por los pasillos. La gente chocaba conmigo… Y no pasaba nada. No dolía. No me empujaban. No lo sentía. No sentía absolutamente nada.
La localicé en su casillero. La puerta cubría la mitad de su cuerpo por el otro lado. Me apresuré a llegar hasta ella, sintiendo como mi cuerpo se desvanecía con el pasar de las personas.
–Soph –hablé–, escúchame, algo extraño me está sucediendo…
Y en eso ella cerró su casillero con unos cuantos libros en sus manos.
Su expresión era tan demacrada como nunca la había visto. Tenía los ojos hinchados y rojos. Unas enormes bolsas negras por debajo de ellos, y los labios resecos.
– ¿Sophia? –fruncí el ceño por tercera vez y estiré mi mano para tocar su brazo. Este lo atravesó–. ¿Puedes verme? Estoy aquí…
Mi amiga relamió sus labios y me atravesó caminando a paso rápido.
Abrí la boca y la cerré tan rápidamente que sentí mis dientes chocar con fuerza. Giré sobre mí, y la observé irse.
– ¡Estoy aquí! –grité alzando los brazos.
Otra fuera mi situación, y todo el pasillo estuviera mirándome como si estuviese loca. Pero nadie me notaba.
Caminé con rapidez y me acerqué a la primera persona que tuve enfrente. Nada.
Pasaban de mí.
Era como si no estuviera.
Era como si fuese invisible.
Nadie me tomaba en cuenta.
¿Nadie sentía mi presencia?
–Matt –murmuré mirándolo, corrí hacia él y me coloqué enfrente suyo–, ¡Mírame! ¡Estoy aquí! –traté de tomar el cuello de su camisa, pero mis manos salieron por su espalda. Las retiré rápidamente y retrocedí unos cuantos pasos.
Matt tenía la misma expresión demacrada que mi amiga.
–Estoy aquí… Solo… Solo abre bien los ojos –hablé.
–Se podría decir que no estás aquí –habló una voz a mis espaldas.
Giré, encontrándome con un chico de cabello oscuro y ojos del mismo color.
–En realidad, tú ahorita estás en donde deben estar todos los cuerpos –se encogió de hombros–. Ayer te sepultaron.
Solté una gran carcajada irónica.
–Si estuvieras viva, esa carcajada hubiera asustado a todos aquí –alzó las cejas. Estaba recargado en uno de los casilleros con los brazos cruzados.
¿Viva?
– ¿No estoy viva? –pregunté en un susurro. El me miró, soltó un suspiro y frunció los labios mientras meneaba la cabeza de un lado a otro.
–Falleciste el viernes pasado –hizo una mueca–. Te estamos esperando desde el domingo, y no te dignas a subir.
–No estoy muerta –negué histéricamente–. Estoy aquí… Vine a la escuela. Es mi último año –retrocedí dos pasos–. Se me hace tarde para mi siguiente clase.
–Alto, alto –murmuró cuando me vio comenzar a caminar–. ¿A dónde crees que vas?
–Me toca biología. Y mi profesor no tolera la impuntualidad –di vuelta por un pasillo.
– ¿En verdad vas a hacer esto? –cuestionó incrédulo–. ¡Tú ya no estudias aquí!
– ¡Sí lo hago! –grité deteniéndome a mirarlo. El se detuvo y colocó las palmas de sus manos al frente.
– ¿No te preguntas por qué soy el único que puede verte?
Y sí. Sí tenía esa duda.
Pero tenía miedo de conocer la respuesta.
Ignorándolo, pero sintiendo sus pasos detrás de mí, me dirigí a mi salón.
Llegué a la puerta y tomé la perilla para abrirla.
Mi manó la pasó.
Tragué saliva y di un paso al frente, introduciéndome al salón con rapidez.
–Es una desgracia enorme que la señorita Alira no vaya a estar con nosotros este último año. Los hechos ocurridos este fin de semana pasado han sido desbastadores tanto como para algunos de nosotros, como para su familia…
Una silla se arrastró, y a continuación, Sophia me cruzó, abrió la puerta y salió del salón dejándola abierta de par en par.
Tomé aire y miré al chico de cabello oscuro.
Ahora me preguntaba si en verdad seguía respirando.
– ¿Ahora me crees? –cuestionó con cansancio mientras arqueaba una de sus cejas.
Tragué en seco y observé a todo mi salón. Quiénes habían comenzado la clase y escribían en su cuaderno.
– ¿Tú también estás muerto, verdad?
El sonrió, mostrándome sus dientes.
–Y con mucho orgullo –respondió.
Fruncí el ceño y negué con la cabeza.
–No puedo estar muerta…
– ¿Qué tengo que hacer para que lo creas? –puso los ojos en blanco y dejó caer sus brazos con cansancio.
Sin decir nada, crucé la puerta y emprendí mi camino hacia fuera de las instalaciones del edificio.
Tenía que ir a mi casa. Tenía que ver a mis padres.
Verlos, pues tal vez ellos no me verían a mí.
Por más extraño que me pareciera, escuchaba sus pasos detrás de mí, caminando por la acera.
¿Nos escucharían? ¿Serían capas de escucharnos aún así no nos pudieran ver?
Fruncí nuevamente el ceño y me crucé de brazos mientras seguía caminando con la mirada puesta en mis pies.
Aquella casa color verde olivo con un gran manzano en el jardín, apareció frente a mis ojos.
Inhalé.
Pero no sentí el aire llegar mis pulmones.
Mordí mi labio inferior, y con todo el valor del mundo, mis pies comenzaron a avanzar hasta llegar a la puerta, tomándome la libertad de atravesarla como si tantas veces lo hubiera hecho.
–Veo que comienzas a entender esto –susurró su voz a mis espaldas, haciéndome, inconscientemente, sonreír.
Mi casa estaba tan silenciosa. Y eso no era usual.
Caminé hasta la cocina, para encontrar exactamente lo que no quería.
Mi padre abrazando a mi madre mientras esta sollozaba casi en silencio.
Abrí la boca, pero inmediatamente recordé que sería en vano hablar. Retrocedí dos pasos y mi espalda chocó contra algo.
– ¡Cuidado, Alira! –gritó el chico–. Me pisas.
Y sin disculparme, me dirigí lo más rápido que pude hasta las escaleras, subiéndolas de dos en dos hasta llegar al pasillo que dividía las habitaciones.
Observé mi puerta al final del pasillo, pero la habitación de mi hermano mayor llamó mi atención, atrayendo mi cuerpo hacia su puerta, haciéndome asomar entre ella. Y eso era tonto.
Charlie estaba sentado al borde su cama, dándome la espalda.
Atravesé la puerta y me puse a su lado.
Una camisa negra y unos jeans cubrían su cuerpo.
No sintió cuando me senté a su lado y pasé un brazo por encima de sus hombros.
–Lo interesante es que, siento como si estuvieras a mi lado –susurró mi hermano sonriendo de lado mientras veía las manos sobre su regazo.
Y así se puso de pie, saliendo de ahí. Dejando caer mí brazo. Dejándome con las ganas de abrazarlo y decirle que sí, que estaba a su lado. Que no me quería ir.
Fruncí el ceño y me puse de pie, saliendo de la habitación, ignorando al chico fantasma que tenía pisándome los talones.
Salí al pasillo, y con prisa, atravesé la puerta de mi habitación.
Una oleada de miedo cubrió mi cuerpo.
Mi habitación se sentía vacía, se sentía diferente y todo estaba exactamente como yo lo había dejado. Las paredes blancas, ya no me deslumbraban con aquella luz como acostumbraban. Ni aunque por la ventana entrara la luz del sol.
¿Desde cuándo todo se había vuelto tan opaco?
Caminé a zancadas y corrí las cortinas para que la luz no entrara más.
Pero todo parecía igual.
En realidad ya no había luz.
Y extrañamente, esto no me hacía sentir más viva.
Porque no lo estaba.
Tragué saliva y observé una vez más todo mí alrededor al mismo tiempo que me resbalaba contra la pared directo al piso, juntando mis rodillas al pecho y dejando las palmas de mis manos contra el frío suelo.
– ¿Vamos a estar mucho aquí? –cuestionó su voz con notable fastidio.
Tenía ganas de golpearlo. Pero tenía miedo de que mi puño lo atravesara, como a todo lo demás.
Alcé la vista y lo observé sentado al borde de mi cama con los codos apoyados sobre sus rodillas.
Fruncí el ceño con confusión y abrí la boca:
– ¿Cómo es que estás sentado? –cuestioné confundida–, ¿cómo…?
–Todo eso, nosotros lo podemos controlar –respondió, encogiéndose de hombros–. Con el tiempo todo será normal para ti.
–No quiero que lo sea –murmuré, ocultando mi rostro en mis rodillas.
Cerré los ojos con fuerza y los abrí de nuevo.
Aún estaba en la misma posición.
Solté una pequeña risita.
Como desearía que todo esto fuera un sueño…
–No siempre podrás estar aquí. Este mundo ya no es para ti –habló. Levanté la cabeza y fruncí el ceño.
–Y a todo esto, ¿cuál es tu nombre? –alcé una de mis cejas. Él, imitó mi gesto y sonrió.
–Ethan –respondió, simple.
–Bueno, Ethan, me supongo que tú sabes cómo morí… ¿No es así? –relajé mis piernas, y las extendí frente a mí.
Observé sus facciones. Podría casi jurar que su rostro se endureció, y parecía tan molesto, que daba miedo.
–Eso no me corresponde decírtelo –negó lentamente–, si vienes conmigo, juro que tendrás respuestas a todo.
–Las respuestas las quiero aquí, y ahora –dije firme.
Ethan cerró los ojos con frustración y echó la cabeza hacia atrás.
–Alira, Alira… ¿Podrías ser un poco menos terca?
–No lo creo.
Y rió.
Esa melodía hizo que mi cabeza dejara de palpitar.
–Tal vez pueda responder algunas de tus dudas, pero no todas –hizo una mueca.
–Perfecto –me crucé de brazos.
–Creo que me estoy arrepintiendo de haberte dicho eso.
–Lástima –sonreí mostrando mis dientes–. ¿Y si no quiero ir contigo?
El sonrió. Un hoyuelo se marcó en su mejilla izquierda.
–Tarde o temprano tendrás que irte de aquí. Este es el mundo de los vivos, nosotros no cabemos aquí.
– ¿Por qué no te vas sin mi?
–No puedo.
– ¿Por qué no puedes?
–Porque tengo que ver contigo –dijo entre dientes, mirando por la ventana.
Fruncí el ceño.
– ¿Quién te mando por mi?
–El señor.
Entrecerré los ojos.
– ¿No pudo haberme mandado a un fantasma más comprensivo?
– ¡Hey! Yo soy comprensivo –dijo indignado, juntando sus oscuras cejas.
– ¡Eres el peor fantasma que he conocido! –grité.
– ¡Soy el único que has visto! Y para tu información, no soy cualquier fantasma.
– ¿Qué? ¿Tienes poderes o algo por el estilo? –alcé mis cejas.
Si no fuera un fantasma, podría casi jurar que estaba rojo de la furia.
–Me rindo. Quédate aquí, si eso es lo que quieres –se puso de pie y me miró por unos segundos más–. No entiendo cómo te cuidé por tantos años. Eres insoportable.
Entrecerré los ojos y observé como caminaba lentamente y suave hasta la puerta.
–No –pronuncié y me puse de pie, con tanta agilidad que me sorprendí de mí misma.
Ethan se detuvo y se giró, mirándome con cansancio.
– ¿Por qué tú? ¿Por qué exactamente tú, has venido por mí?
Hubo un silencio, en lo que él solo me observaba con seriedad.
–Porque por mi culpa estás muerta, no te cuidé bien –susurró. Veía el dolor en su mirada.
Mi estómago se revolvió. No sabía que decir.
– ¿Crees en los ángeles guardianes? –cuestionó, bajando la mirada hasta sus pies.
Me ahogué con mi propia saliva, tosiendo escandalosamente. Cuando me tranquilicé, hablé, con una mano en el pecho.
– ¿Me estás diciendo que eres un ángel guardián?
Ethan sonrió, se acercó a mí, y delineó mi ceja izquierda hasta bajar por mi mejilla con su dedo índice.
–Que soy el tuyo.

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